Hermanos Juramentados de la Espada Negra
La cuarentena y yo, día 6
21-3-2020 12:00
Por Verion
No sé cómo nos las arreglamos para tener lo peor de todas las opciones posibles. O sea, por una parte tenemos el transporte público lleno de personas que se contagian entre sí porque tienen que ir a trabajar, y no me creo que sea para cumplir simplemente los servicios mínimos exigibles para no morirnos de hambre en esta cuarentena, pero por otra parte si no tenemos que ir a trabajar, entonces tenemos que quedarnos en casa recluidos.

Quizá el efecto que más me impresiona (¡y casi me asusta!) son los vídeos que la gente graba jaleando cuando se detiene brutalmente a un corredor o a unos listillos que se han turnado un perro para poder pasear, o cualquier otra triquiñuela de la España de la picaresca. Y no es por el acto en sí, sino por los insultos verbales y las opiniones -continuadas en comentarios- de que al sujeto habría que aplicarle multas enormes, recluirlo en prisión o incluso aplicársele torturas.

Lo que sí resulta incontestable por el momento es que España es líder en la velocidad en la se adquieren contagios y muertes, y aunque hay mucha controversia con esto de que cada país cuenta los muertos de la forma que le sale de la algoritmia, creo que el tiempo dirá que las medidas que estamos tomando no funcionan para el objetivo que se planearon.

Lo que me parece ingenuo es pensar que este fracaso viene despertado por esos tipos que salen a correr en solitario, o los que compartieron al perro, o incluso por los que jugaron un mus (y lo pongo por orden creciente) cuando el transporte público sigue acogiendo, básicamente, la misma proporción de viajeros por desplazamiento.

Por eso digo que me preocupa un poco cuando veo algún que otro vídeo y más bien miles de comentarios en los que la gente es extremadamente agresiva con aquellos que puntualmente se saltan esta cuarentena y realizan alguna actividad en solitario como dar un paseo o echar una carrera, como si algunos de los que tienen un perro no rascaran cinco minutos después de que el susodicho hiciera sus pises y cacas, o como si no estuviéramos yendo todos a comprar, o incluso pidiendo a domicilio. Es que incluso como aceptando estas escapadas como egoístas e innecesarias (cosa que evito hacer porque no me gusta juzgar a los demás porque no conozco sus circunstancias) creo que deberíamos tener claro que a nivel de control de la epidemia son más bien irrelevantes.

Pero aquí interviene otra de las costumbres españolas más arraigadas, al mismo nivel que la conocida picaresca, y es esa envidia, ese “yo me jodo pero entonces mi vecino también”, ese odio que tenemos que tenernos entre nosotros como si esto justificara nuestra desgracia. Así nos convertimos en guardianes y vigilados, simultáneamente.

Pero con todo esto del estado de confinamiento obligatorio ha ocurrido algo más, y es que muchos policías han recibido el regalo más preciado que podían llegar a imaginar: el de (1) poder detener y reprimir a cualquier ciudadano que esté en la calle (2) imponiéndome una multa de alto importe y encima (3) recibir el apoyo del resto de ciudadanos que observen desde sus ventanas. Para mí esto es bastante peligroso, casi una práctica y un precedente peligroso para lo que está por venir.

La verdad es que esto ha venido a asentar cierta desgana por la sociedad en mí persona. No es que piense que las personas tengan que ser todas buenas y reflexivas, es que las mismas personas que ahora insultan a los que se saltan la ley y que opinan que habría que encarcelarlos o multarlos de por vida son los que hace unos años protestaban por la opresiva existencia de la ley mordaza, la misma que ahora aplauden.

Desde mi punto de vista no vendrán tiempos mejores. Estas cosas evidencian bastante como somos cada uno de nosotros, y de este conocimiento se extraerá un rencor que quedará grabado en los que tengamos memoria. Supongo que muchos pensarán que yo soy un ser irresponsable, el culpable de muchas muertes y contagios que se produzcan durante los tiempos venideros. La verdad es que no quiero que piensen eso, pero no voy a cambiar mis convicciones y acciones por los pensamientos de otros.

Y en definitiva, este será un paso más de las élites -que estoy seguro de que viven un confinamiento más soportable- que habrán conseguido una población aún menos cohesionada, aún más polarizada, que se peleará aún más entre sí. Veo cerca el día en el que el gobierno nos diga que la cuarentena no funciona porque no tenemos bastante seguridad, que tenemos que instalarnos una aplicación que controle nuestros movimientos y denunciar al que no lo haga. Estamos solo a un paso.

Dejen los estimados lectores que acabe este artículo con una anécdota que creo que se aplica a toda esta historia. Se produjo hace dos días, cuando fui a realizar actividades legítimas (e incluso legales) condiciendo un vehículo con un solo ocupante (yo). Recuerdo que me había detenido a sacar dinero de un cajero automático, y que ya me había puesto unos guantes, pero decidí esperar un poco porque había dos personas merodeando y su aspecto no me parecía de confianza.

En esto que apareció por el final de la calle una persona con muletas y caminando desgarbadamente. Dejen que les explique, conozco a esta persona desde hace veinte años porque es un integrante habitual de ese pueblo, dice la historia que conozco (que puede ser falsa) que sufrió un accidente de tráfico con consecuencias cerebrales, y que desde entonces no puede caminar bien, ni de hecho hablar en absoluto, y que su procesamiento interno es limitado.

Tanto da si fue un accidente, la polio, exposición a radiación o un trauma de la guerra de Irak: esta persona está así desde hace más de veinte años, y ni habla, ni escribe, ni maneja un teléfono, y hace poco más que darse paseos, entrar en los negocios como si fuera su casa, saludarte, y si le saludas, sonreírte. Lo he visto en la calle, lo he visto en gimnasios, peluquerías, tiendas de informática, administraciones de lotería, y en todas partes. Antes tenía pelo, y ahora está calvo, pero por lo demás sigue siendo el mismo ser.

¿Creen que ha dejado de hacerlo por el estado de alarma? Yo dudo, de hecho, si tiene capacidad siquiera de entender que la ley dice que debe quedarse en su casa todo el día, recluido ya no solo en un cuerpo maltrecho e incomprendido, sino encima entre cuatro paredes todo el día.

Aún plantea más preguntas. ¿Qué hace la policía cuando se lo encuentra? Yo imagino que fingir que no está ahí, porque dudo mucho que consigan ponerle una multa y que tenga capacidad económica (¡o mental, no lo sé!) para pagarla.

Así que le saludé, me sonrió, y nos fuimos cada uno por nuestro. Yo realicé actividades legales y contagiosas, y él se dio su paseo ilegal pero saludable. Y yo tuve la duda de si tenía que sentir lástima por el estado que le ha tocado vivir la mayor parte de su vida, o envidia, porque él no estaba cabreado como yo, ni parecía tenía miedo de la ley, ni del coronavirus, ni de la economía… ni de nada más que de un adoquín levantado o una rotura de muleta.

Los demás seguiremos haciéndole el juego a los poderosos, temiendo por nuestra vida, nuestros recursos y nuestros quereres, como si en realidad le importaran a alguien.


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