Hermanos Juramentados de la Espada Negra
La última página del juego de rol
17-3-2015 12:04
Por Verion
Hace tres días explicaba que solo quedaba una página por escribir dentro de la versión física del juego de rol de Espada Negra. Esa página entraba dentro del capítulo en el que cada hermano expresaba lo que le pareciera oportuno en relación con esta publicación.

Los hermanos me lo habían puesto difícil puesto que habían expresado ya prácticamente un montón montón de puntos de vista y aspectos que evidentemente no iba a repetir. Esto que a priori es una desventaja (¿de qué escribo?) me dio la oportunidad de tratar el asunto sin ninguna atadura, desde un punto de vista totalmente personal.

El resultado es el siguiente:

"Yací moribundo, humillado y traicionado por los que consideraba mis aliados. Sumergido en un fango de sangre, hasta el agua de la lluvia me sabía a metal. Esperé a la muerte no desprovisto de fuerzas pero sí de esperanza pues todo lo que me daba significado y que me había esforzado en construir ya había desaparecido.

Dicen que los trece se aparecen durante los sueños o en los momentos de éxtasis personal en los que desaparece la educación, los prejuicios y el mismo pensamiento, y solo queda intuición y emoción. Uno de estos momentos se produce cuando la sangre mana desde el cuerpo a través de las heridas causadas por el acero y el ser titubea entre permanecer un momento más en el cuerpo, o abrazar a la muerte por última vez.

En ese instante de oscuridad y abandono recibí la más grande de las iluminaciones. Entendí que había invertido mi vida luchando por las causas de otros hombres, y que incluso aunque estas causas hubieran sido honradas, mi vida se habría desperdiciado. Entendí que no solo no debía luchar por las causas de otros hombres, sino que nunca debería seguir las causas de hombre alguno, pues los hombres morimos y nuestro nombre se olvida. Por tanto todo lo que me daba significado y que me había esforzado en construir en realidad no era más valioso que una exhalación, y en realidad no había perdido nada porque nunca lo había tenido.

Ignoro cuanto tiempo yací en aquella tumba al aire libre, destino de soldados sin nombre. Tenía la sensación de que habían pasado días, pero cuando me incorporé y logré posarme sobre mis debilitadas piernas inhalé profundamente y un aire metálico invadió mis pulmones. Retuve ese aire en mi interior, pues ese metal presente en la sangre es a fin de cuentas idéntico al que forma armas y armaduras. Lo aguanté en mi interior, pues yo mismo quería convertirme a mí mismo en acero para siempre, amar la lucha como una parte de mí mismo porque las decisiones que tomaría me implicarían en una batalla tras otra. Si no amaba la lucha, las dificultades me aplastarían. Si no conseguía retener el aire hasta que el metal entrara en todos mis órganos, sería derrotado y no podría mantener el espíritu del que había sido consciente.

Entendí al instante que ya nunca podría ni debería luchar por mi propio nombre, y que debía abandonar para siempre ese tipo de vanidad. Comprendí que solo los principios y las causas son inmutables, y fui consciente de los trece defectos de la humanidad que debía luchar por erradicar.

Supe en ese momento que debía buscar hombres sin nombre, personas muertas, individuos que supieran abandonar su propia identidad, sujetos que hubieran alcanzado la misma revelación que yo, cada cual por sus medios, y que, unidos por estos principios pudiéramos sentar las bases de una hermandad que perdurara en el tiempo, pues solo los principios son eternos, y solo las acciones realizadas en su nombre son trascendentes.

Me convertí en un peregrino que vivía en el camino de la nada. Un vagabundo que comía lombrices y bebía agua de lluvia. A ojos de todos los que me miraban, un deshecho humano, un mutilado emocional surgido de la desgracia de la derrota. Supe que tenía que ser inmune a su opinión, y crecerme en mis principios, allá me insultaran, empujaran o agredieran. Cuanto más me humillaban, más convencido me sentía de mis principios, más seguro estaba que bajo mi pobreza material estaba alimentando un espíritu rico en principios, fuerte en convicción y poderoso como símbolo.

Encontré a otros como yo. Personas alejadas de los defectos de la sociedad que también habían sufrido la visión de los trece. Nos unimos en hermandad y buscamos permanecer en la eternidad como las bases de una sociedad en la que sustituir el egoísmo por la generosidad. Una sociedad de la que sentir orgullo y no vergüenza. Una hermandad de hombres sin nombre que pudieran vivir satisfechos de no existir, y unirse para siempre a la lucha eterna.

Este libro está empapado de sangre de hermanos. Está hecho de hierro."



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