Hermanos Juramentados de la Espada Negra
El placer de transgredir discretamente
9-4-2016 12:04
Por Verion
No creo que sea un secreto para ningún lector de este espacio que me gusta escribir novela. Es algo que para mí tiene un buen montón de placeres intrínsecos incluso sin tener en cuenta la publicación en sí, lo cual supongo que es evidente al decir que he escrito quince novelas (y alguna más que no es de Espada Negra) de las que por el momento solo se han publicado dos.

Una de las cosas que más me gusta de escribir novela es que tengo muchísima libertad para expresar todo tipo de pensamientos que pueden ser muy transgresores, íntimos o simplemente demasiado extraños como para hacerlo de otra forma. Y lo digo yo, que puedo escribir en artículos hasta sobre mis pensamientos de acabar con mi vida.

Pero cuando uno escribe novela las cosas son diferentes. Uno puede ser incluso tremendamente íntimo y explicar algo muy concreto, e incluso una experiencia concreta en algún personaje, que mientras esté oculto entre otros personajes y otros acontecimientos, no se podrá discernir, sino como mucho plantear una posible duda.

También está la opción de plantearlo como metáfora. Cuando es el caso, lo que se hace es camuflar el concepto del que se quiere hablar como otro totalmente diferente. Por poner un ejemplo famoso (del cine, muy famoso), creo que Sylvester Stallone dijo alguna vez que en Rocky hablaba de su experiencia como actor, solo que es mucho más interesante hablar de ello en un boxeador. En la novela nuestras opciones son aún más variadas y accesibles.

Para colmo de facilidades, las novelas son construcciones prolongadas que exigen al lector compromiso y dedicación. Cuando uno escribe puede estar seguro de que el lector… bueno, es un lector. Esto ya en sí es un sesgo cultural que muchos podemos considerar positivo, y que nos libra de, por ejemplo, censores. Porque si uno dice una burrada de la leche en una canción o en una red social, es susceptible de acabar ofendiendo a alguien y acabar sufriendo una denuncia de los que desean la censura. Sin embargo, en una novela… eso no tiene poder de comunicar a las masas, así que normalmente no preocupa a los censores, que por otra parte normalmente no tienen el tipo de concentración adecuada para leerse un texto largo. Quizá lo siguiente sea una opinión personal, pero creo que las ganas de censurar se pueden superar leyendo.

A mí me gusta mucho volcar mis pensamientos en las novelas, pero creo que hay que tener cierta técnica en ello para evitar caer en algunos defectos fáciles. Uno que a veces se nota es que el autor mete en los personajes o la trama demasiado su “moralina”, de forma que el que sigue sus principios es el que tiene razón, sorprende a jóvenes y adultos, y acaba haciéndose con la victoria. Esto me parece muy pobre, así que sin citar a ningún autor diré que en estos asuntos se debe, en mi opinión, ser un poco objetivo. A mí me parece que una buena técnica es que estos personajes reciban un especial mal trato, aunque desde luego no tengo una fórmula mágica ni “quince consejos para contar tu moralina sin que se vea el cordel”.

Para cuando se publique de este personaje, este artículo estará olvidado...

En verdad tampoco es que sea esencialmente nada malo. Es decir, a mí como escritor no me mola hacerlo, pero como lector sí que en ocasiones disfruto entreviendo las elecciones éticas de este u otro escritor, y en sí es un valor añadido a la obra que nos permite plasmar nuestra época y nuestros deseos, lo que en sí es otra grandeza de la particularidad de la que hablo en este artículo. Después de todo, en la intrascendencia de la existencia de la humanidad, observable localmente por la levísima duración de cualquier cosa, una novela tiene mucha más permanencia que, por ejemplo, un artículo en una página, o una opinión en una red social.

Creo que en todo esto hay una cuestión muy curiosa, y es que hay un permiso, una concesión del lector, o incluso una relación entre el lector y el escritor en la que el primero le da permiso al segundo para contar todo lo que tenga que contar con unos límites que son estáticos, sino que se configuran en cada obra en función de la que esta le está aportando al lector. Y cuándo en algún momento de la novela se ha superado las defensas del lector y este ha sentido algo fuerte casi como si fuera suyo, entonces podemos escribir sobre eso que consideramos un pensamiento profundo, con la misma leche con la que nos fuera revelado.

Y cuando yo siento que estoy en esos momentos de la novela, escribo sobre lo que realmente me importa. Absolutamente desnudo y sin ataduras sociales. Y a veces, cuando lo leo posteriormente, pienso que me he podido pasar, pero desde luego nunca lo toco, y queda ahí para siempre, para que sea ese reflejo de uno mismo en la época en la que le ha tocado vivir.

Y en ese momento mágico en el que se produce el compromiso entre lector y escritor, en el que hasta los posibles censores entran en el juego se produce, al menos en potencia, uno de los acontecimientos más interesantes y placenteros de escribir.

En mi opinión.


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