Hermanos Juramentados de la Espada Negra
Otra historia sobre mí
22-11-2015 11:18
Por Verion
Déjenme que desvíe la atención del tema habitual en este espacio, el ocio independiente, para hablar de otras cosas que yo hago. No es la primera vez que lo hago, pero como no suelo ser conciso en estos temas, prefiero disculparme por adelantado.

Antes de que llegaran los años noventa me di cuenta de que yo era el peor de mi colegio en las actividades deportivas. Mucho ojo, no el peor de mi clase, el peor de todo el colegio. Si había un deporte en el que se eligieran jugadores, yo era el último, y normalmente me quedaba fuera, lo cual agradecía porque se me daba tan mal que lo odiaba. Las pocas veces en las que me ponían a jugar a algo, me faltaba tanta experiencia y estaba tan asustado que cometía más errores. Diré que esto dio pie a mis compañeros para hacerme daño, porque yo además no caía simpático… porque sí tenía talento para el resto de asignaturas. En realidad seguro que me lo busqué por resabido, supongo.

Pero la esforzada madre de uno fue consciente de que algo no iba bien, así que los señores médicos se hicieron consciente de que muchos de mis males venían de tener pies planos, lo que en mi caso fue, por fortuna, operable. Esto me confinó en mi casa durante seis meses que a mí no se me hicieron para nada largos. Sí bien fue algo doloroso, y es horrible no poder caminar… no tenía que ir a clase de gimnasia, y bueno, en aquellos seis meses, libre del freno del resto de alumnos, pude avanzar, por decirlo de alguna forma, por encima del ritmo habitual.

Meses después de aprender a caminar fuimos conscientes de que algo más iba mal. Bien por naturaleza, o fruto de la operación, tengo una desviación más que mencionable entre la altura de las piernas y una notable escoliosis que, dijo el médico, me daría problemas de espalda de por vida. En cualquier caso yo pesaba más de cien kilos y tenía una disposición totalmente negativa hacia toda actividad deportiva, ya fuese a juegos de equipos, de resistencia o de coordinación.

Citaré además que los dos referentes que tuve fueron nefastos. Mi profesor de escuela entendía que lo adecuado para unos niños era dejarlos correr por la linde del arroyo local cinco kilómetros que para mí representaban la muerte, mientras nos decía que así nunca sobreviviríamos a la mili. Viernes tras viernes me reventé... para llegar el último. ¿Y mi padre? Odié cada día que me sacó en bici y me obligaba ir a ritmo de adulto.

Solo tuve una experiencia positiva con esto del correr a los trece años, en el instituto, cuando un increíble docente llamado Miguel Ángel Blanco me hizo entender algo que se me quedaría toda la vida. Verán, a base de lloriquear a mi traumatólogo había conseguido que me firmara que era contraproducente para mis piernas y mi espalda hacer carrera. No quería volver a correr en lo que me quedara de vida, quería conseguir una profesión intelectual y olvidarme del deporte.

-Si te eximo de la clase de educación física, tendrás que presentar trabajos -me dijo.
-Lo acepto -contesté.
-Si haces eso, solo te pondré un suficiente, y tú querrás algo más que eso para tu media. Pero si eliges por tu voluntad correr, no te voy a pedir ningún tiempo. Te mediré el primer día, y el último, y si has mejorado, te pondré un sobresaliente. Solo te pido que mejores.

¿Y saben? Me enseñó a correr. A no dejarme los pulmones en los cien primeros metros, a ir despacio y aprender a coger resistencia. Y mejoré mucho mi patético tiempo solo en unos meses. Creo que de alguna forma ese estupendo docente pudo haber sido un punto de inflexión en mi vida deportiva, pero no lo fue. No me llegó a poner ni sobresaliente, ni notable, ni ninguna nota porque ese mismo año falleció en un accidente de tráfico del que él no fue el causante: un vehículo lo embistió por detrás y lo introdujo en una rotonda en la que también fue embestido de lado. Yo fui al tanatorio deseando que fuera un error, y no lo fue, y algo cambió en mí, algo un tanto íntimo que no puedo explicar fácilmente.

Recuerdo que se puso un "mural" en el que muchísimos alumnos manifestamos nuestros sentimientos por escrito. Yo lo hice, y no suelo hacer estas cosas.

Los siguientes profesores que tuve no fueron tan comprensivos, y resucité mi viejo documento que me eximía de realizar las actividades físicas. Hice muchos trabajos, y más de un profesor se disculpó por ponerme solo un suficiente. “No puedo ponerte más, sería un agravio comparativo con los que sí hacen las pruebas”.

A mí me daba igual. Nunca me importaron una mierda las notas. Y con una cafetería con bollos estupendos, di rienda suelta a mi capacidad de engordar hasta alcanzar los ciento diez kilos.

Fue ya con dieciseis años que me di cuenta de que no debía seguir por ese camino. Se juntaron muchas cosas. Un amorío fallido, una medio pelea, el miedo a los skin heads locales… había que reaccionar. Así que miré los gimnasios del pueblo y me apunté al más chungo de todos, al que iban todos los culturistas y demás fauna. ¿Y saben lo que me pasó? Que hice el ridículo. No podía con las mancuernas más chiquititas, con las que podían hasta las chicas enclenques. Me daba una vergüenza horrible, pero seguí a pesar de ello. ¿Y saben otra cosa? Que todos esos culturistas puestos hasta las trancas de esteroides me respaldaron, y nunca se rieron de mí. Un mes después ya levantaba las mancuernas pequeñas, y un año después ya cogía unas decentes. Empecé levantarme algo antes para ir al instituto en bicicleta, y vivo a unos cuantos kilómetros. Y acabé llegando antes que el autobús. Y empecé a hacer pellas a la clase de educación física para irme al gimnasio.

Había algo genial en sentir un peso brutal que te aplasta, y levantarlo. Es magnífico, es liberador. Y cuanto mayor es el peso, más me gustaba. Bajé treinta kilos de grasa, y conseguí hacer dominadas, lo cual me encantó. Después conseguí hacer dominadas colgándome mancuernas, ¡viva!

Pero en el tercer gimnasio en el que entrené me ocurrió una cosa horrible: se me rompió una máquina en mis manos, lo que me provocó un horrible dolor por una enorme lesión muscular y un aplastamiento vertebral. Los médicos me dijeron que ya no podría volver a entrenar. Por aquel entonces pesaba noventa y cinco kilos de mole. Había de todo, grasa y músculo.

Creo que ese fue el peor año de mi vida. Con el debilitamiento muscular llegaron muchos dolores más y una lesión secundaria en el hombro derecho se agravó. Tuve dos años en los que no podía hacer nada. De verdad, el dolor puede ser desesperante. Llegué a pasar días en la cama.

Y un día salí a correr. No sé decir por qué lo hice, pero lo hice. Corrí treinta minutos, y lo pasé fatal. Pero una semana después conseguí correr ocho kilómetros en una hora, y no demasiado después diez kilómetros en una hora. Y bajé de peso. ¿Y saben qué? Al bajar de peso, el dolor de espalda cedía. Nunca desapareció del todo, y a fecha de hoy me duele todos los días, pero en una cuantía aceptable.

Bajar de peso me permitió de nuevo volver a hacer pesas. Tuve que entender nuevas formas de entrenamiento, manteniendo mi peso corporal controlado, pues lo contrario me agrava la lesión. ¿Y saben? Me recuperé de la lesión del hombro…

Y entonces… me lesioné de las rodillas. Y una vez más me dijeron los médicos que no debía correr teniendo mi tamaño y mi peso. Y una vez más bajé de peso aún más. Y tres meses después pude hacer bicicleta, y ocho meses después pude correr con unos refuerzos horribles con los que parecía Forrest Gump. Y otros seis meses más tarde me los pude quitar. ¡Viva!

¿Han visto la película “Avatar”? ¿Cuando Jake Sully entra en el cuerpo del monogato azul y puede correr? Yo casi lloro en ese escena, creo que entiendo muy bien ese sentimiento.

Me encanta cada día que salgo a hacer pesas y cojo todo el peso que puedo, y ese peso me aplasta, pero lo venzo con todo mi esfuerzo. Cuelquier pensamiento que estuviera en mi cabeza desaparece, y solamente queda la fuerza. Es mi forma de liberarme de la mierda.

Y los días que descanso de hacer pesas, salgo a correr. Y me encanta el viento, el camino, la velocidad y el cansancio. A veces es lo mejor que hago en todo el día.

Y los días que descanso de correr, hago pesas. Día tras día. Llueva, nieve o haya un temporal.

Puedo colgarme una mancuerna de veinte kilos y hacer unas pocas dominadas, y puedo correr diez kilómetros a razón de cuatro minutos y medio por kilómetro. Si preguntan a alguien que sepa de esto les dirá que no son unas marcas muy buenas, pero yo estoy orgulloso de ellas porque cuando se tiraron mis dados yo no tenía ni fuerza, ni agilidad, ni resistencia, y nadie, ni mis padres, ni mis profesores, ni mis amigos daba dos pesetas por mí en este asunto.


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