Hermanos Juramentados de la Espada Negra
Una escena personal
4-7-2015 12:32
Por Verion
Hoy quiero compartir con sus mercedes los lectores un recuerdo personal para que quede aquí constancia en un registro eterno y permanente, en tanto que sigamos pagando el servidor que mantiene Espada Negra arriba.

Hace ya un número de años bastante alto, tantos que no quiero recordar, yo estaba escribiendo la primera novela que escribí de Espada Negra, que en contra de la creencia posible, no es “La Última Luz”, ya publicada, sino “El Orden de Eridie”, que será la cuarta en el orden de publicación. Durante esa época mi abuela Pepita se aquejaba de los inicios de una terrible enfermedad de la vejez, y no podía valerse por si misma. Entre sus ocho hijos pagaban a una persona que le ayudaba en sus tareas domésticas, y que descansaba un solo día a la semana en el que era sustituida por uno de los hijos de aquella.

Pues ocurría que aunque esa persona contratada era totalmente mañosa y capaz, uno solo de sus hijos no era suficiente, y solía ir acompañado de otro familiar. En realidad a media tarde solían pasar varios de los hermanos con sus hijos, y la energía de los nietos mucho más jóvenes que yo aportaba un grado de positivismo a aquellos días que, siendo sincero, por lo general eran un poco oscuros.

Por aquellos días no se podía contar demasiado con mi padre, y mi madre me pedía que la acompañara en ese deber de hija que cumplía, como quizá muchos cumpliremos algún día. Yo nunca le habría dicho que no, y aprovechaba un rato de la jornada para correr un poco por los agradables jardines reales de Aranjuez, y para intentar escribir alguna parte de “El Orden de Eridie”, aunque no les voy a engañar, en todos los días que fui solamente escribí una única escena, porque el silencio que se generaba me resultaba bastante opresivo.

No mucho más tarde la situación de mi abuela empeoró, y la persona que le cuidaba ya no fue suficiente. En contra de sus propios deseos, los cuales no podía manifestar, y los de sus hijos, que no podían hacer frente a la situación, fue internada en un asilo, donde pasaría sus últimos días. Bueno, en realidad miles de días, un buen montón de años en los que este servidor de sus mercedes escribió un total de catorce novelas. El día anterior a su fallecimiento empecé a escribir la décimoquinta. Anteayer.

No es algo que a ninguno de sus descendientes nos cogiera por sorpresa. La abuela aguantó años en una cama, cuando ya era incapaz siquiera de incorporarse, tantos que me da vértigo pensar en ellos. Sin un solo achaque adicional, solo un pequeño amago de tensión alta, aunque finalmente el domingo pasado se puso peor y dejó de comer. Y sin comida y en su estado, aguantó cinco días más. Quizá sea una visión romántica por mi parte, una ridícula forma de buscar sentido a algo que no lo tiene, pero qué quieren que les diga, me parece que pese a todo se agarraba a la vida con cierto valor encomiable.

Le sobreviven ocho hijos que crió, dieciocho nietos entre los que me incluyo, cinco biznietos, alguno de los cuales aún no he visto. Algunos son comunistas, otros falangistas, alguno que otro anticapitalista, pero creo que todos radicales. Descansa en paz, Josefa Martinez Requena.

Dentro de algunos años algunos de sus mercedes leerán “El Orden de Eridie”, la que quizá sea la mejor novela de Espada Negra. Algunos de los hermanos ya la han leído, de hecho. Cuando lo hagan y lleguen a una brutal escena en la que ocurre un inmenso conflicto en un puente, quiero que sepan que esa escena la escribí sentado muy cerca de mi abuela enferma, cuando ella ya no me reconocía como su nieto, pero aún tenía la lucidez bastante como para pensar que era su hijo. Y siendo su hijo durante aquellos momentos escribí una de las mejores escenas que he escrito en mi carrera como escritor hasta el momento. Y me da igual qué diga la crítica, los lectores, o quien sea: esa escena es la hostia, y a tomar por culo.


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