Hermanos Juramentados de la Espada Negra
Los que opinan, los que se ofenden, los que censuran.
18-5-2017 11:30
Por Verion
Permitan los lectores de este blog que hoy me salga de mi tónica habitual en relación con juegos de rol y demás formas de ocio independiente para adentrarme en reflexiones sobre ética, cosa que en realidad no es para nada nueva en este espacio, sino que más bien era frecuente en tiempos pretéritos. Sospecho que el artículo va a ser un poco largo.

El motivo de escribir este texto es que tengo la sensación de que hoy en día a todo el mundo se le cae el monóculo o se hace la víctima (en función al estilo de cada uno) cuando el de al lado expresa su opinión. Durante dicho acto, o después, muchos de estos sujetos manifiestan su deseo de que se censure al de al lado. Y así indefinidamente.

De alguna forma, por fortuna pocos consiguen una censura institucionalizada. Los únicos capaces de desarrollar esas herramientas son esos elegidos nuestros que están en los congresos y senados, y que desde ahí, sean del color que sean, intentan callar a golpe de ley a los que expresan una opinión que, según ellos, cause un daño horrible sobre los que digan que hay que proteger. Todo muy conveniente para ellos.

Pero tengo la sensación de que esta forma de pensar no es propia de los que están en el poder, sino prácticamente de todo el mundo. Voy a intentar desarrollar esta idea de una forma abstracta de la que cada cual, si quiere, puede imaginar un ejemplo, aunque en realidad estos están presentes con facilidad en la sociedad.

Todo parte de algo que llamaré “el hecho”. Bueno, no tiene por qué ser uno solo, puede ser varios, a una tónica en general. La mayor parte de personas elegirán callar sobre este asunto, bien porque no vaya con ellos, o porque están muy ocupados trabajando, o porque tienen miedo a dar su opinión, o lo que sea, pero algunas personas sí que eligen compartir sus reflexiones, más acertadas o menos, con otros sujetos, mediante un texto o vídeo en una red social con peso. Y en muchos casos ya a este sujeto se le estará cayendo el monóculo o pintándose como víctima.

En este momento el resto de personas del mundo pueden empezar a comentar. La mayoría no lo hacen (¡cómo se pondría de comentarios si no!), pero incluso el pequeño porcentaje que sí lo haga puede resultar apabullante. El asunto es que en la actualidad muchas personas expresan su disconformidad. Bueno, a muchas se les estará cayendo el monóculo, o se estarán pintando de víctimas.

Tengo que hacer un inciso: es perfectamente posible que personas partidarias de posiciones opuestas manifiesten su disconformidad y señalen que el ofensor (el que escribió la opinión original) es parte de “el otro bando” mientras ese hace lo recíproco. También es muy posible que manifiesten que debería haber cierta censura sobre él.

Aquí llega uno de los toques de gracia: el sujeto original puede declararse más víctima aún y señalar que lo estarán censurando con el miedo, o algo así, y que por lo tanto deberían callarse, o vamos, ser objetivo de alguna forma de censura.

Pero la cosa puede llegar aún más lejos. Resulta que tras muchos de estos eventos puede llegar otro sujeto con peso y publicar (e incluso escribir libros) sobre cómo esta actitud (de correccionismo político, dicen) es muy preocupante y debería evitarse. Nótese la ironía, los objetores de la censura diciendo que se debería censurar. Es el colmo, el toque maestro.

Voy a hacer un inciso para clasificar algunas formas de censura, porque está clarísimo que hay una forma muy evidente, y es la practicada de forma institucional, desde las infraestructuras del estado, y practicada por los que quiera que sean sus emisarios. Esta es, de alguna forma, la más famosa y terrible, pero hay otras.

Sin llegar a este extremo, está la censura por miedo. Esta ya va pareciendo una autocensura, pues la practica uno mismo ante la posibilidad de sufrir daños por manifestar su opinión. No creo que tenga que poner ejemplos.

No obstante sí conviene diferenciarla de la autocensura por presión, que es en la que un sujeto decide no manifestarse porque le produce mucha presión la percepción de que muchas personas le pondrán comentarios hostiles, como los que cité anteriormente.

Por supuesto, hay otras formas, y yo mismo me someto a una variedad muy interesante que no es objeto de este texto, porque por el momento me sirve para seguir con mi argumentación.

Un hecho bien sabido de internet (de existir, en general) es que los que comentan, gritan o protestan es pequeño en relación a los que no lo hacen. Antiguamente se decía que por cada persona que crea hay diez que critican y cien que callan. No sé si la proporción es adecuada, pero la idea del cambio de orden numérico me parece acertada.

Entonces, ¿qué opinan aquellos que callan? Pues ni idea, la verdad, solo ellos lo saben, y es un problema porque los que comentan, gritan o protestan no tienen por qué ser una porción representativa, y de hecho hay un sesgo muy significativo.

Con esto quiero decir que aquellos que se autocensuran por la presión recibida se están pintando de víctimas, en mi opinión, mucho más de lo que les toca. De acuerdo, quizá tenga cien o mil comentarios que le parecen hostiles, pero no sabe lo que piensan el resto de personas que no han comentado nada en absoluto. Y autocensurarse ya es negativo, pero es que hay quien de hecho clama por la censura de los comentarios.

Hay quien de hecho llega más lejos y señala que toda esta situación como el caldo de cultivo para que proliferen proyectos políticos impensables en otras condiciones. El argumento tiene la siguiente forma: los medios de comunicación están hasta arriba de correccionismo político, así que cuando surge un elemento que desafía esta estructura con un mensaje en un tono diferente, aglutina a muchos de esos que no comentan, los que callan.

De ser cierto nos estaríamos encontrando con un efecto burbuja de la autocensura, y me refiero a la de “los cien” que no comentan, sino que se guardan su pensamiento para practicarlo en entornos anónimos como las elecciones. Casi se diría que esta actitud, la de callar, es un creador de ignorancia sobre la realidad social, pero en verdad no puedo criticarlos a ellos, sino a las voces que sí tienen ganas de hablar pero no lo hacen porque no tienen bastantes apoyos según su criterio. ¿Qué clase de cobardía es esta?

Para mí todas las formas de censura son perniciosas. Todas, de verdad. Si circula un autobús con un mensaje que no me gusta, pues me parecerá mal el mensaje, pero desde luego el hecho de que pueda manifestarse me parece bien. Otra cuestión es cómo el organismo que contrató toda la parafernalia obtuvo los recursos para hacerlo, porque yo no los tengo, y tengo mucho que decir, y quizá ese sea otro tipo de censura muy jodido, el de no tener los recursos para manifestar la opinión. Pero eso es otro asunto.

Déjenme hacer un poco de abuelo cebolleta y que los transporte a la edad contemporánea, allá por 1996 en la que existía internet, pero no había feisbuq ni guguel ni tuiter, ni güiquipedia, ni apenas blogs, y casi todo eran páginas estáticas y correos electrónicos y protocolos ahora prácticamente olvidados.

Era una era diferente, en la que la mayor parte de personas no podían decir que habían quedado con alguien que había conocido en el IRC, primero porque nadie entendía lo que era el IRC, y segundo, porque si lo entendían se llevaban las manos a la cabeza. Yo sí podía, pero no es relevante.

Yo creo que era una era diferente, entre otras cosas, porque para publicar una opinión en una página había que tener cierto conocimiento técnico. Nada muy complicado, en realidad, pero sí lo suficiente como para que hubiera que esforzarse un poco. Sin duda era una criba, una censura basada en el esfuerzo.

Y bueno, también era diferente porque en lugar de conectarse a internet un noventa y nueve por ciento, se conectaba un uno por mil. Como suena.

No me gusta ni esa censura, de verdad, y sé que esa época es en realidad peor que esta, pero en realidad en muchos sentidos la echo de menos. Tengo la sensación de que las personas no se pintaban tanto de víctimas. Que los gobiernos no se metían a legislar, porque no tenían ni idea de lo que significaba. Hasta existía una asociación de internautas…

Ahora todo el mundo tienen un internet mucho mejor a un precio tremendamente más razonable. Es un derecho protegido, de hecho, y la forma en la que hoy en día accedemos a la información. Y en el proceso se tuvo que simplificar. Ahora para poner un comentario solamente tenemos que saber utilizar en teclado, y tampoco es necesario hacerlo demasiado bien.

Esto está bien, pero en el proceso ocurrió que cedimos el desarrollo de estas adaptadas interfaces a empresas que no andan preocupadas por la información o el bienestar social, sino por su beneficio económico. Buscadores que nos confirman lo que queremos pensar, redes sociales que prefieren la soflama a la reflexión, canales en los que los contenidos son cada vez más...

No hay nada muy bueno que pensar de todo esto. O las empresas modelan la actitud de las masas, en cuyo caso es deprimente nuestro servilismo, o las empresas responden a las exigencias de las masas, en cuyo caso es aún más deprimente, porque vaya exigencias más lamentables.

Y mucho ojo, que ni se me ha caído el monóculo ni me doy por ofendido. Me parece muy bien que todo el mundo pueda expresarse sin contar con conocimientos técnicos. En verdad, de hecho, la reflexión que quiero traer es un pelín más retorcida. ¿Y si estas herramientas fueron creadas teniendo únicamente en cuenta las opiniones de los que gritan, de los que protestan, de lo que comentan? Por lo tanto, ¿qué están haciendo los que callan? En este sentido quizá ellos sean (seamos) culpables.

O quizá no. Este que escribe eligió manifestarse más con obras de literatura que con comentarios en internet, pero sin duda resulta, tal y como esperaba, un camino espinoso en el que la integridad y la independencia imponen un peso enorme.

Así que como me voy acercando a las dos mil palabras (tres folios, para entendernos) quiero arrojar una reflexión: cuanto más opinemos todos, mejor. Aunque nos ofendamos y se nos caiga el monóculo, que con el tiempo aprenderemos a aceptarlo. En el crisol de opiniones se podrá ver entonces lo que realmente somos (sea lo que sea). Y en el camino, ojalá nos volvamos más tolerantes, y aceptemos el mensaje de los que se nos oponen, y debatamos con ellos, en sana armonía, y si no en beligerante discusión.

Que tampoco se nos va a caer el monóculo.



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