Hermanos Juramentados de la Espada Negra
No adoréis falsos dioses
14-12-2016 11:55
Por Verion
Lo primero que quiero decir es que este es un artículo de respuesta a un vídeo del querido “ElpoderosoCrom” en el que hacía una reflexión sobre las, en su opinión, negativas manifestaciones de uno de sus ¿héroes? Rick Priestley. Pensé en transmitir estos contenidos en mi canal de vídeo “Rol Chungo”, pero dado que sus difusión es totalmente privada y limitada al ámbito de la hermandad, he preferido escribirlos en un artículo. Esto es el primer preámbulo, ahora voy por el segundo.

Recuerdo que en mi adolescencia me obsesioné un tanto con las diferentes culturas guerreras del mundo, e intenté entender y asimilar sus preceptos para establecer mis propios principios funcionales. Recuerdo que hasta 1998 no pude conseguir una versión en castellano de “El código del Samurai”, escrito por Daidoji Yuzan, un samurai del medievo (medievo japonés, quiero decir, ese que dura hasta que llegan los occidentales) que decidió transmitir lo que él entendía que eran los principios de su cultura.


Que no se diga que hablo de oídas... ahí seguía en mi estantería.

Tengo que decir que lo que este señor escribió no fue en sí mismo un código que más tarde se convirtiera en una institución, sino que recogió los principios morales preexistentes y los resumió siguiendo su propio punto de vista; la conducta de los samurai ya existía mucho antes de que él la escribiera, y de hecho su punto de vista no sería para nada el único.

Tengo que mencionar que esta obra se escribió en el siglo XVII, momento en el que las guerras intestinas japonesas ya habían tocado a su fin y se vivía un periodo de decadente paz bajo el gobierno de esta aristocracia guerrera cuyo contacto con el belicismo era más bien el que quisieran conservar por los principios éticos y funcionales. Lo que quiero decir es que si este sagaz escritor hubiera nacido medio siglo antes probablemente no habría escrito una puta mierda porque habría estado muy ocupado matándose en los campos de batalla de su país.

El caso es que estaba yo todo emocionado leyendo el código del samurai cuando una persona mucho más culta que yo me dijo: “¿Sabes que Daidoji Yuzan, ya mucho más mayor, escribió que no hay nada más vigorizante por las mañanas que probar su katana ejecutando algunos reos?”.

Para el que no lo sepa, esto de probar las espadas en condenados a muerte era una costumbre, cómo decirlo, “muy samurai”. Vamos, que ciertamente había cierta virtud social en eso de ser capaz de cortar torsos y brazos, y los reos… bueno, son culpables, ¿no?

Este es un ejemplo muy bueno, creo yo. Tenemos un mensaje (el código del samurai) transmitido por un hombre (Daidoji Yuzan) que en realidad en cuestiones bélicas hablaba más bien como un estudioso, y que se prestaba a algunas prácticas que a mí me parecen lamentables.

¿Desautoriza la experiencia vital y macabras aficiones de este señor su mensaje? No, el código del samurai se desautoriza, si eso, a sí mismo por sus propios contenidos que son independientes de su autor, lo que me lleva sin duda al título de artículo.

No adoréis falsos dioses.

Una obra va a ser un mensaje, pero su autor va a ser algo mucho más controvertido, una persona muy condicionada por su propia experiencia, y por lo tanto, probablemente un hijo de su cultura que probablemente habrá absorbido, por desgracia, muchos de sus defectos.

Pero voy a venir mucho más cerca en el tiempo, y voy a traer a un escritor reciente que puede ser considerado un referente en cuestiones éticas, además de una persona con una obra muy trascendente: Terry Pratchett, desgraciadamente fallecido por la enfermedad de Alzheimer que padecía.

Este (para mí) clarividente sujeto soltaba verdad tras verdad no solamente en sus novelas, sino también en sus aportaciones en internet en tiempos muy pretéritos, sin duda un individuo al que me habría gustado conocer y hacer algunas preguntas que me acompañarán hasta mi propia muerte.

El caso es que este preclaro escritor consideró adecuado donar una gran cantidad de su fortuna (era bastante rico) a investigar la enfermedad de Alzheimer cuando él empezó a padecerla. Aquí digo yo, ¿qué ocurre?, ¿es que los enfermos de dicha enfermedad no merecían ese dinero antes de que él la padeciera?

Supongo que al final del camino, cuando todos le empezamos a ver las orejas al lobo queremos buscar una solución, justificar nuestra lucha, o simplemente decirnos que lo intentamos todo. Todos somos humanos, y seguramente fallaremos si es que no lo estamos haciendo ya, así que con esto quito una frase al enunciado y me quedo con:

No adoréis dioses.

Supongo que para muchos de nosotros es muy tentador depositar nuestra admiración o adoración en una entidad que justifique nuestra existencia y nos libere de la responsabilidad de existir, pero la verdad es que, en mi opinión, para bien o para mal siempre vamos a ser responsables de lo que hacemos. Y más nos vale hacerlo bien.

Lo que quiero decir es que incluso dentro del concepto de no adorar a sujetos, que ya está bien, podríamos quedarnos en la adoración al propio mensaje. Esto es algo que en mi parecer no es tan insano como la adoración del autor, pero, honestamente, creo que tampoco es bueno para nadie.

Está claro que uno puede tener mucho respeto o incluso amor por una obra o mensaje, pero debe tener cuidado de no caer en la adoración. La adoración, en mi opinión, implica fe, una importante falta de crítica en la que el razonamiento tiene muy poco que decir. Y en esto la neurología incluso viene en nuestra ayuda, señalándonos esas áreas del cerebro que poco tienen que ver con la racionalidad.

Creo que precisamente con estos mensajes con los que somos afines (o incluso amamos) es con los que tenemos que ser más críticos. Todo lo posible, hasta desgranarlos en sus migajas más minúsculas, y volviéndolos a montar para ver si nos queda lo mismo, u otra cosa diferente. Esto será bueno para nosotros, que podremos llegar a una verdad más completa, será bueno para el autor, que tendrá un buen punto de vista adicional, y será incluso bueno para el conjunto del conocimiento humano, que recibirá una información adicional. Lo cual me lleva a… quitar otra frase del título del artículo.

No adoréis.

No hay nada que adorar. En la adoración nos volveremos sumisos, nos volveremos conformistas y limitaremos nuestro potencial. No, toda información debe ser recibida con un sereno escepticismo, contrastando todo contenido con nuestra propia experiencia y con todos los razonamientos lógicos que podamos llegar a desarrollar. Siempre con una constante revisión, como la misma ciencia, y como esta, sin acritud ni juicio, simplemente revisión.

No.

Es mi punto de partida. Todo es falso hasta que se pueda establecer que es cierto. Sin miedo a echar tiempo, a pensar, repensar y revisar. A cuestionar el mensaje todas las veces que sea necesario, y preguntar a su autor, si puede ser, no como un ser necesario, sino para ayudarnos mutuamente a buscar una verdad más completa.

Siempre podré aprender del código del guerrero o enriquecerme con las enseñanzas de las novelas de mundodisco, a despecho de que Daidoji Yuzan fuera un asesino autojustificado en las normas de su sociedad, o que los ricos como Terry Pratchett tengan primacía sobre el control de sus ganancias por encima de objetivos tan grandiosos como la cura de las enfermedades más perniciosas.

Es en esta revisión constante en la que este que escribe, yo, encuentro la definición y estima de mi propia persona. No por mi aspecto, ni por mis capacidades o mis obras, sino por la elaboración de unos principios éticos que elijo seguir, hijos de toda la información que he podido recopilar.

Como espero que hagamos todos.


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